Mi reto era convocar entre 20 y 50 mujeres de Palermo y veredas aledañas. Semanas atrás logré contactar a María Emma Blandón, la directora de la Casa de la Cultura Carlos Mauro Hoyos. Ella fue mi aliada principal para contar con espacio en el cual fuera posible encontrarme con ellas -¡las que fueran!-, contarles y entregarles la guía de recursos digitales para mujeres rurales y desarrollar un taller de autocuidado y cuidado colectivo para mujeres.

Las otras aliadas en esta convocatoria fueron mujeres de mi familia: Gloria, esposa de mi primo Gustavo; su hija quinceañera Yenny; mi tía Aldefa y mi prima Cristina. Ellas, de muchas formas, me ayudaron a regar la voz en esta pequeña aldea en la que hace pocos más de sesenta años nació mi Mamá.

El domingo, día de mayor circulación de campesinas y campesinos entregamos volantes en la mano y los dejamos a la deriva en la Casa de la Cultura, en el café internet de la plaza del pueblo, en la farmacia, en el puesto de empanadas. Pegamos afiches en distintas esquinas y paredes. Interrumpimos por algunos minutos la rutina de líderes enérgicas de Palermo, como la profesora Sofía o una ancestra increíble llamada Leonor, de la cual les compartiré un perfil próximamente.

Encontrar al sacerdote de la única iglesia católica de Palermo era clave y sólo hasta la noche previa del taller, el lunes 29 de enero, pude hablar con él. Además de dar el aviso parroquial en la misa de la mañana, anunciaría tres veces por unos gigantes megáfonos cuyo rango se expande desde la cúpula de la iglesia, por todos los rincones del pueblo, hasta muchas de las veredas más alejadas.

Así que… ¿cómo se invita en un pequeño pueblo de Antioquia a un taller sobre derechos de las mujeres campesinas? Con muchas ganas de caminar y contar el cuento, con mensajes sencillos, contactando paso a paso y voz a voz a esas personas que ya son difusoras naturales y legítimas de los asuntos del pueblo. Al taller llegaron 57 mujeres… ¡7 más del máximo ideal!.

También, pero por costumbre, las redes. Compartí algunas postales en Facebook, Twitter e Instagram, sí. ¿Pero para qué? Estas mujeres que yo quería que llegaran al taller estaban en Palermo, en sus rutinas, fuera de las redes. Luego descubrí que están en WhatsApp, es su principal medio digital de comunicación. Ahora tengo ese contacto con ellas, pero no antes de conocerlas. Así que no todo lo que existe se encuentra en Google, y no resulta efectiva una estrategia digital de difusión cuando las mujeres rurales están en sus oficios en el campo, llevando el desayuno a sus hijas e hijos a mitad de mañana hasta el liceo, saliendo de la iglesia o camino al taller de cerámica en la Casa de la Cultura.

 

 

 

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